Campeones afuera, invisibles adentro: el cuello de botella del fútbol juvenil

El júbilo colectivo que brotó gracias al equipo sub-17 de Colombia, que rompió el hechizo y regresó de un torneo con el trofeo en sus manos, desempolvó una serie de negligencias y desatenciones que a la fecha están lejos de hacer ‘click’ con la alegría del título obtenido en Paraguay. El presunto atractivo que despertó en Europa el ’10’ del equipo, Samuel Martínez, sumergió la discusión al fondo de un iceberg en el que esperan tareas con la población de futbolistas jóvenes y adolescentes en Colombia

Colombia le anotó tres goles a Brasil, y después cuatro a Argentina, y al final salió campeón. Dicho así de golpe es quimérico, como aquel 5-0 a la ‘Argentina’ del Diego en Buenos Aires y que desde entonces es un acontecimiento en cada aniversario de ese ya folclórico triunfo. Los grandes protagonistas estuvieron en Paraguay, y fueron los adolescentes del equipo sub-17 en el recien culminado Sudamericano, torneo que pasó desde su apertura a ser un evento inadvertido a ser la tapa de diario de la prensa deportiva local por unos pocos días.

La obtención del título, el segundo de la ‘Tricolor’ en el torneo de la categoría, brindó todo un buffet de fast content: la retadora declaración del juvenil argentino Julio Coria advirtiendo que en el un próximo cruce nos iba a «romper el or** como siempre» (y su posterior disculpa pública). O la evocación de aquel video de los futbolistas nacionales que antes de su debut ante Ecuador entraban a un camerino escuchando y bailando «De donde vengo yo» de Choquibtown, que para ese momento no se salvó de la energía negativa de unos cuantos, pero que terminó siendo su cuenta de cobro tras la consagración.

La otra gran imagen que dejó la final, ya hablando de la pelota, fue la de esa secuencia en la que algunos jugadores colombianos le huyeron a una confrontación con sus pares argentinos ya cuando el juego estaba sentenciando, y de la que la opinión pública se jactó para subrayar la inteligencia emocional de los juveniles en ese momento de tensión: si alguno se iba expulsado, se perdía el debut mundialista.

Pongo de relieve ese momento -que a mi modo de ver también fue dictado por el éxtasis del abultado triunfo- porque abre el melón de una conversación que desde hace un buen tiempo permanece en el tintero, y tiene que ver con el margen de oportunidades reales que tienen los futbolistas juveniles en el Fútbol Profesional Colombiano (FPC), especialmente en primera división, contando a aquellos que integraron el equipo campeón con Freddy Hurtado -y a los que no- y a los que forman parte de categorías mayores como la sub-20. Planteo lo antes expuesto a propósito de ese tópico que suele deambular entre algunos periodistas de ‘vieja data’ -e inclusive algunos entrenadores colombianos- que tienden a subvalorar a esta población de jugadores bajo las etiquetas de «peladitos», «verdes», «biches», o en resumidas cuentas: que todavía «no están listos» para el profesionalismo.

Samuel Martínez jugando para la selección Colombia en el Campeonato Sudamericano de la categoría en 2026 – Crédito imagen: @FCFSeleccionCol/X

La primera división y la precocidad profesional: un choque perpetuo

Ya pasada la efervescencia de la consagración en Paraguay, la lupa se centró en las preocupaciones alrededor del plantel por la situación profesional de los jóvenes futbolistas, que hizo espuma con el hype que despertó el aparente interés del Bayern Múnich por el ’10’ de la Selección, Samuel Martínez (canterano de Atlético Nacional), aún siendo un futbolista que hasta la fecha no sumó ni un minuto como profesional.

El caso en cuestión tampoco es una situación aislada, porque para algunos jugadores este tipo de torneos juveniles han funcionado como vitrina para dar el salto al exterior, como fue el caso del centrocampista Gustavo Puerta (aunque a diferencia de Samuel, él ya era profesional): pasó de la segunda división del FPC a la Bundesliga tras figurar en el Sudamericano sub-20 de 2023. Sin embargo, tampoco deja de ser un fenómeno llamativo: de los 23 jugadores convocados al certamen por Freddy Hurtado, solo dos (2) debutaron oficialmente en primera división: el volante Miguel Agámez con Junior, en mayo de 2025; y el extremo Julio Sinisterra con Fortaleza, en enero de este año.

Algunos otros jugadores ya suman puñados de minutos con equipos de la segunda división local, pero en general la mayoría del plantel mezcla futbolistas que, como Samuel Martínez, integran las canteras de equipos importantes de la ‘A’ como Cali, Medellín, Millonarios, Nacional o Junior (incluidas categorías sub-20), y el resto inclusive continúan su proceso formativo en equipos de fútbol aficionado esparcidos por todo el país.

El dato vuelve a abrir la caja de Pandora de una de las verdades más incómodas del fútbol profesional en Colombia: hay muy poco atrevimiento de los clubes de primera división para poner a jugar a adolescentes y jóvenes con la convicción de que sean piezas reales y ambiciosas de cada proyecto al corto o mediano plazo. Detrás de ello pueden haber muchas razones y matices, porque cada club tiene alineados objetivos y necesidades distintas según su estatus y condición, aunque podríamos encontrar la razón principal de ese problema en el hecho de que el modelo comercial del FPC está diseñado para que los clubes vendan rápido -y en la mayoría de casos a precio módico- a los jugadores que forman.

Miguel Agámez en su debut oficial con Junior ante Santa Fe (mayo de 2025) – Crédito imagen @m.agamez6/Instagram

Desconfianza, dilaciones y mercantilismo

Es consabido que uno de los clubes que escapa a la regla en cuanto a la consolidación de su modelo de trabajo con los semilleros es Envigado, hoy en segunda división, aunque su propósito termina siendo el mismo: vender jugadores, y en lo posible a contrarreloj, porque es el módelo de negocio que históricamente ha sostenido al club; «el orden de los factores no altera el producto». Cito a continuación dos ejemplos rápidos: Jhon Durán y Yaser Asprilla debutaron con el club antioqueño a los 15 y 17 años, respectivamente. Ambos formalizaron su primer traspaso al fútbol internacional al cumplir la mayoría de edad (Durán con Chicago Fire y Asprilla con Watford), y a los 22 años ya se estaban probando en Champions League, la élite de la élite europea: el primero con Aston Villa y el segundo con Girona.

Sus pasos por la ‘Cantera de Héroes’ fueron relativamente sólidos, suficientes como para establecerse de lleno en el nivel competitivo de primera división: Yaser jugó 38 partidos y Durán disputó 47 antes de dar sus respectivos saltos. Pero, ojo, sus casos son excepciones a la regla; el común denominador está vinculado a debuts tardíos, ventas prematuras y pocos minutos acumulados que terminan convirtiendo al producto nacional -concretamente a la primera división- en una plataforma deficiente para el desarrollo estable de sus futbolistas jóvenes.

Jhon Jáder Durán y Yaser Asprilla con Envigado en 2021 – Crédito imagen: @EnvigadoFC/X

Si ese patrón no se cumpliera, quizá Jhon Arias no habría debutado con Patriotas a los 20 años, o el propio Luis Díaz a los 19 con Junior, y hasta de pronto sus carreras y desarrollo como futbolistas serían algo más de todo lo bueno que hoy ya vemos de ellos. O a lo mejor Pedro Bravo no habría sido vendido al Midtjylland danés habiendo jugado la friolera de cinco (5) partidos con América de Cali -y haber sumado de por medio una cesión en la ‘B’ de Portugal-, pese a que hoy ya es un jugador que ya acumula un roce competitivo importante en Europa y se perfila para formar parte del ciclo de la selección Colombia post-Mundial.

Podría poner cientos de ejemplos que siguen esos mismos patrones, porque si bien a raíz de ese infructuoso modelo comercial el producto nacional ha logrado sacar grandes futbolistas, también han habido muchos más talentos que inmersos en ese sistema se han perdido del rastro, y es natural que de ellos no se hable por la simple razón de que no gozaron de los tiempos y escenarios requeridos para desarrollarse y hacerse su lugar en el profesionalismo.

Un producto de exportación tardío vs. un mercado precoz

Y la pregunta del millón es ¿Qué hacer para que los clubes del fútbol vinculen con mayor asiduidad a futbolistas adolescentes al profesionalismo? Dicho de una forma más ejemplificada ¿De qué manera los equipos, en especial aquellos del rango de Envigado, podrían replicar casos como los de Asprilla y Durán, pero con más frecuencia? En este planteamiento hay que excluir de la ecuación a la ‘B’, que a nivel profesional es la primera plataforma que se le habilita al jugador que culmina su proceso formativo, pero no termina de ser suficiente como vitrina.

El reglamento tampoco es un gran aliado en esta misión: no hay un enfoque perentorio que incentive el desarrollo de jóvenes talentos, particularmente en primera división, al margen de la normativa que comenzó a regir desde inicio de año, y que establece que los clubes pueden (ojo, no deben) incluir hasta cinco (5) jugadores de sus categorías inferiores que el año anterior hayan jugado Super Copa Juvenil con el club al que estén afiliados.

Es decir, un jugador como Samuel Martínez puede formar parte de la plantilla del primer equipo de Atlético Nacional sin necesidad de un contrato laboral profesional, aunque inclusive en su caso particular podría tener uno firmado desde hace dos años: pues un futbolista en Colombia que sea menor de edad puede hacerlo a partir de los 15 años, con autorización del Ministerio del Trabajo y otras disposiciones adicionales, incluidas el aval de sus padres de familia o sus representantes legales si es el caso.

Dicho lo anterior, el mensaje tampoco va dirigido a que cada club de la ‘A’ ponga a debutar profesionalmente a sus mejores talentos juveniles y/o adolescentes al mismo tiempo, porque al final es tarea de cada dirección deportiva y técnica evaluar detalladamente si el nivel individual del jugador y el contexto actual del club están servidos para tal propósito. Pero si debe existir una preocupación colectiva mayor, tanto de los clubes como de los entes rectores del FPC, si el objetivo es que el producto nacional se posicione mejor en un mercado mundial que con el paso del tiempo va centrando sus objetivos en la compra de «carne cruda».

Sí se consolida un prototipo comercial más eficiente y lucrativo en un fútbol que es de exportación, de paso se podrían matar dos pájaros de un tiro: el prejuicio anacrónico de la edad en la que un jugador de divisiones menores pasa a ser uno del primer equipo en un lapso de tiempo prudente -pues a los 18, 19 o 20 años ya el jugador está (o debería estar) en un primer punto de madurez de su carrera y, en lo posible, siendo tanteado en los mercados de otros países-. Y se evita en el debate público el catálogo de estereotipos que llevan a cuestionar la calidad del producto que se está exportando al compararse con el de otras ligas de la región y del viejo continente.

En medio de ese último ejercicio, que es muy válido, también hay que guardar prudencia: Colombia está en la capacidad de replicar hojas de rutas en las que se materialicen casos de desarrollo exponencial del futbolista, desde el amateurismo hasta el profesionalismo, y que sigan un conducto regular como los de Asprilla y Durán, aunque sus carreras hoy en día sean lo que son. Sin embargo, se necesita tiempo y convicción para que un mercado a nivel que está en clara desventaja comparado con Brasil, Argentina o incluso Ecuador sea un blanco fijo de otras ligas.

No todos los futbolistas serán Durán o Yaser, así como en Brasil no todos serán un Endrick, o un Estêvão; o en España como Lamine Yamal, o Cubarsí; o en Alemania van a ser Jamal Musiala, o Lennart Karl; siendo todos debutantes antes de cumplir los 18, y en clubes que en sus países son del primer escalón, que tampoco es un hecho menor. Pero, para que comiencen a existir más casos así hay en Colombia, hay que ponerlos, algo que requiere endurecer lineamientos y directrices para promover ese desarrollo, sensibilidad para saber esperar a ese talento, y una renuncia definitiva a que se siga procrastinando con esa población de jugadores con el sesgo de la edad, porque las posibilidades comerciales de que un jugador llegue a la élite disminuyen si siguen debutando extemporáneamente.

De izquierda a derecha: José Escorcia y Samuel Martínez (Atlético Nacional), Carlos Alberto Rodríguez (Junior) y Adrián Mosquera (Independiente Medellín) – crédito @FCFSeleccionCol/X

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