🇺🇿 UZB 1-3 COL 🇨🇴 | El triunvirato, algunos mitos y un recelo

CRÓNICA

El escenario que vio consagrarse a Pelé en el 70′ y a Maradona en el 86′, el legendario estadio Azteca, era el que el destino tenía reservado para el tan anhelado regreso a una Copa del Mundo: los ocho (8) años de espera, holgados, y exasperantes por momentos, resultaron ser demasiado para una generación que con José Pékerman había trazado el objetivo de comenzar a acumular nuestra presencia allí cada cuatro años, e ir elevando la vara competitiva por cada una, pero que tras el fracaso de no ir a Catar 2022 con Reinaldo Rueda obligó a poner el freno de mano y reconfigurar el motor.

Cuatro años después, el equipo llegó completando todas las etapas de desarrollo competitivo (restructuración, ensamblaje del XI base y emergentes) y tocando un primer techo en la Copa América de 2024. Empero, la plantilla se instaló en México con varios cortocircuitos, muchos de ellos ya detectados desde el año anterior en la eliminatoria y que en la antesala del debut mundialista avizoraban su aparición como fantasmas. Lorenzo dio la primera señal con la alineación titular, salvo un nombre sobre el que reposaba en el esbozo, el de Gustavo Puerta, el más joven de los 26, y que terminó por refrendar una de las tesis que estaban suspendidas en el tintero de la previa: el centrocampista de Racing Club de España le ganó el pulso a Richard Ríos, al menos de entrada.

A esa avería se agregó como un segundo condimento la tensión anímica con la que se iba a afrontar el debut, que estaba a la orden del día. Es el primer mundial para 17 de los 26, incluida la máxima figura, Luis Díaz. Una vez el Azteca retumbó al unísono con el «¡Oh gloria inmarcesible!» en los rostros de los futbolistas conjugaban todas las emociones posibles y palpables en: las lágrimas de James y Luis Suárez, las primeras de redención y las otras como respuesta a un sueño cumplido; otras caras contemplaban felicidad, evervecensia; y otras ya atisbaban concentración desde el minuto cero.

La llave de Arias que abrió la puerta a Díaz

El partido comenzó con una Colombia apelando al control del balón, de los tiempos y del espacio como canalizador de la tensión inicial, pero con el correr del reloj ese estado de rigidez no se evaporaba: el equipo lucía con la cintura de concreto, la circulación del balón era espesa y la movilidad de los jugadores por delante de la línea de balón era poco intensa, se hallaban hasta 5 jugadores fijando la última línea cuando atacábamos en campo rival; todo esto situaba al juego en una meseta. Se jugaba a lo que pretendía Uzbekistán, pese a que los de Fabio Cannavaro les costaba tomar riesgos, sus costuras con el balón una vez recuperado eran visibles al querer lanzar a sus delanteros.

Todo esto sucedía en el escenario en el que Colombia apelaba a la amplitud – dicho en el mal sentido de la palabra-: Luis Díaz pegado a la línea de cal, James al otro lado fijando y Muñoz doblándole la espalda. Era un monólogo, pero me llamaba la atención las zonas que pisaba Jhon Arias. Parece una obviedad por lo visto ante Jordania, pero para la opinión mediática todavía es un acertijo: el del Palmeiras jugó en la posición en la que mejor ha rendido con Lorenzo, de interior por izquierda: aquí se quiebra el primer mito. Las llaves para desbloquearnos como equipo las tenía él, pero necesitaba de algunos movimientos por delante de su altura. Aquí quiero citar algo a lo que denomino el «triunvirato», que gobernó el partido y por el cual se explicó la victoria en el debut: Díaz, Arias y Puerta.

Al 15′, el chocoano ya había entregado muestras de poder de su impacto en el partido tras un robo de balón de Puerta en el último tercio con un disparo en la frontal del área que se fue por la lateral de la red, y el primer campanazo llegó con la primera intervención real del guajiro cuando decidió cerrarse: el disparo que dio en el palo a pase en cortada de Arias. Se rompe el segundo mito; el del Bayern Múnich también fluye con mayor naturalidad jugando como segundo delantero, pero también facilitado porque su compañero de ataque (hoy Luis Súarez) haga cosas que le faciliten estar ahí como una amenaza permanente: pivotear, salir del área, entrar, estirar a los centrales, fijar. El del Sporting hasta ahora no entrega todo eso.

El palo de Díaz desatoró un nudo: los volantes, delanteros y laterales de Colombia comenzaron a soltarse con almas libres en el campo: había más movimiento por delante de la línea del balón y, sobre todo, una mayor convicción a jugar más por adentro que por afuera. Así nació el primer gol, un ataque por dentro frustrado luego de un disparo de primera de James que fue bloqueado tras cazar una bola dividida. El balón le cayó a Mojica, que se la cedió a Díaz. Luego hizo la tan necesaria pausa, visualizo que había por delante, vio a Muñoz trazando un desmarque sopresivo al corazón del área que rajó toda la última línea uzbeka, y le lanzó un pase elevado quirúrgico a ese espacio que el lateral conectó el balón con el pie a una altura y velocidad complejas. Se rompió el dispositivo defensivo del rival y de paso el celofán, Colombia completó el objetivo más difícil.

Siempre es mejor llegar que estar, y Muñoz domina con plenutid ese arte: sus goles con Colombia tuvieron el mismo sello: llegando por sorpresa al lado contrario de donde se origina la jugada y tirando desmarques profundos. Cuanto más lejos esté de la circulación de la pelota, mejor para él y para el equipo.

Puerta como chapa de coraje

El segundo tiempo comenzó con una apuesta más decidida a atacar juntando la mayor cantidad de unidades posibles en la zona del balón. Organización funcional. Colombia salió a encarar los últimos 45′ completamente liberada de los nervios, aunque el rival ya tenía su obligación: salió a presionar unos metros más arriba, tenía más presencia en nuestro campo y con balón obligaba a la defensa a correr hacia su arquero, que hasta esa altura no había probado los guantes.

El gol de Uzbekistán cayó en un momento en el que no pasaba nada, en el que Colombia confiaba en controlar cualquier situación en la que el rival asomara por el área. Lucumí confió en que un centro exigido no iba a tener destino, pero la pelota cayó a donde llegaba Shomurodov, el delantero, que en el origen de la jugada se ubicó entre líneas para continuar la jugada y en el la prendió de volea. La reacción de Vargas fue temerosa, antepuso el pecho sin meter las manos, la pelota rebotó en el palo y salió extrañamente disparada por arriba y cayó a la zona en la que esperaba Fayzullaev para empujarla con la cabeza. Un error del arquero que no es aislado, si no una continuación de ellos que mantiene la alarma encendida en esa posición: no hay garantía real y hay que tratar de convivir con ello.

Colombia sintió el impacto, en el buen sentido: se llenó de vergüenza y furia para relanzar ataques. Cinco minutos después, un Puerta lleno de agresividad desde el minuto cero volvió a oler sangre y robó un balón en la mitad de la cancha a un jugador que estaba de espaldas y sin opción de pase cercano, lanzó la réplica y el volante encontró a Díaz en una situación inmejorable y con el cartucho cargado. Su disparo no fue bueno, pero el golero rival Yusupov compensó la gravedad del error de Vargas en el empate, y no puso bien las manos: la pelota entró pidiendo permiso. El primero de la estrella, gol especial. Puerta reconfirmaba el partido grande que hacía y que de paso olvidó por ratos el de su compañero Lerma, de poco ritmo con balón (vicio ya sabido) y con despistes sin él a su espalda.

La duda vitalicia con Juanfer y el mensaje del ‘Cucho’

Luego llegaron los cambios: de acá puedo extraer mil reparos, pero me quedó con la poca capacidad de acierto del entrenador para leer lo que el partido requiere en un momento de agudeza, y su poca confianza en Quintero, un tema cuya insistencia de mi parte ya es cansina. A mi juicio, era un partido para que el de River aglutinara la pelota y transmitiera calma en sus compañeros desde la tenencia, pero en cambio Lorenzo mandó un mensaje de temeridad: rompió la partitura, hundió al equipo y lo obligó a sufrir abajo sin necesidad, también contagiado por la salida del triunvirato (Díaz-Arias-Puerta) de la cancha. El arquero tampoco se recuperó del error hasta el pitazo final y acrecentó el temor en cada saque de arco, que era un pelotazo rifado en el que no había posibilidad de ganar una segunda jugada y entregaba la posesión y el terreno.

Ojo, no es una crítica a los que entraron, pero quizá el cambio de James, de flojo partido, no era por Campaz. Al final la moneda del técnico arrojó cara y no cruz: Colombia resistió y, sobre la hora, un pelotazo de Davinson lo convirtió en agua en el desierto el ‘Cucho’ Hernández. El del Betis peleó en la banda una pelota contra un defensor que es 15 centímetros más alto que él, y en la que hasta arriesgó sus ligamentos. En la primera caída pudo haber forzado la falta si se quedaba en el piso; el momento caliente del juego lo ameritaba para que el árbitro lo terminara de una vez. Pues nada: me levanto, guapeo, gano el balón, giro para ponerme de frente levanto la cabeza, miro a mi compañero y tiro un centro a lo Alexander-Arnold, con curva, tensión y a la cabeza de mi compañero. 3-1 y tres puntos a la bolsa, claves, además.

El delantero pereirano compró al hincha con esa acción. Puede ser un punto de inflexión para un futbolista que, si se le suman las dudas con Suárez, tiene mucho por decir en este mundial. Sin embargo, mi sinsabor es con Juanfer: no milito por él desde el deseo, sino desde un deber. Esto es sencillo: habrá Mundial con Quintero, o no habrá. Concluyo que el entrenador recurrirá a él para lo mismo que lo utiliza Coudet en River (antes Gallardo), o Costas en Racing: ser un cortafuegos, resolver problemas estructurales y, en un caso de extrema suerte, salvarle las papas. Que la pelota, como suele hacerlo, no mienta esta vez y se ponga de su lado.

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