CRÓNICA
La misión que antecedió el final del legendario videojuego Red Dead Redemption II, cuyo nombre titula este artículo, tomó a la banda de forajidos de Dutch Van de Linde jugándose su última carta para abandonar definitivamente esa vida criminal que parecía vitalicia. Lo que era un asalto exitoso a un tren militar cargado con bolsas de dinero y otros suministros terminó desnudando por completo el deterioro al interior de la banda, cuando Dutch decidió dejar abandonado a su suerte a John Marston, protagonista del juego y uno de los integrantes claves de la banda, con la falsa excusa de que había sido asesinado o capturado durante el tiroteo en el tren, en el que había resultado herido.
Aquel capítulo decisivo puede tomarse como analogía del partido ante Portugal: un equipo que llegó al torneo con varias fisuras colectivas y un ambiente alarmista entre el clamor popular, pero que en su primera prueba de fuego firmó una actuación colectiva a la altura del pesado escenario, aunque pagando el peaje de no haberse traducido en el marcador por la cantidad de chances que se crearon de todos los colores y el polémico fuera de juego en el gol de Dávinson Sánchez. Sin querer hacer leña del árbol caído, pero ¿Qué ventaja puede sacar un jugador con menos de medio pie adelantado? La pregunta tampoco la formulo como coartada para ponerme del lado de aquellos que defienden la ‘Ley Wenger’, porque ir al otro extremo tampoco solucionaría nada y por el contrario masificaría el problema.
Pero vamos de atrás para adelante. Colombia llegaba al estadio donde se consumó el amargo recuerdo del partido ante Argentina que resolvió Lautaro Martínez en la prórroga. Al frente, un aspirante al título, de segundo o tercer escalón, pero por el hype que despertaban los del PSG y un Cristiano Ronaldo con buen ritmo goleador, un poco más arriba de la media para la opinión general.
Los riesgos de reencontrarse
Colombia comenzó el partido equiparando un poco el panorama entre el nivel real entre ambas selecciones: sus ataques gozaban de calidad entre la fluídez y el ritmo líquido del balón que imprimía el triángulo superior del rombo del medio (Arias-Puerta-James) y los desajustes en la transición defensiva de los de Roberto Martínez, que dejaban a un Vitinha descompensado y a un Rubén Neves fuera de acción y a una marcha menor para intentar contenerlos. Así fuimos sumando llegadas: primero con Córdoba, que inteligentemente se emparejó con Renato Veiga y desde ese duelo hizo su partido; luego con Jhon Arias y sus apiladas con el balón atado que comenzaron a abrir los camino por donde atacar.
Portugal se vio obligada a replegar rápido, pero aún faltaba el auxilio de los delanteros que permitían a nuestra nueva dupla de laterales (Machado-Arias) soltarse para crear apoyos para ahorrar tiempo en el armado del ataque, y también apariciones sorpresa por el lado contrario. Con el pasar de los minutos fuimos creciendo exponencialmente con pelota y asumiendo el riesgo de lo que significaba una pérdida, o no terminar los ataques.

Con Portugal pasaba un poco lo contrario. Cuando atacaba acumulaba mucha gente, aunque muy posicionalmente, respetando la ocupación de espacios, el plan del entrenador y todo eso. Para sorpresa de nadie, sus ataques restaban de sorpresa y nos facilitaba defenderlos. Pese a ello, tuvo sus arrestos ofensivos, producto de nuestros momentos de ímpetu. El más claro, el de Bruno Fernandes luego de un centro al ras de João Cancelo que tomó a un improductivo Lerma corriendo hacia atrás y sin estar perfilado para cortarlo. Atajadón de Camilo tras un tiro a quemarropa, quizá la que necesitaba para abrirle la puerta a la tan anhelada reinvidicación con su mejor nivel. La jugada iba a terminar con el rival anticipando dos intentos de salida de Colombia desde el fondo y un remate desviado de Rubén Neves.
Minutos más tarde, otra llegada con João Félix tras un lateral largo de Nuno Mendes hacia el área que tomó desprevenido a Santiago Arias, que no había referenciado al delantero. La pelota se fue por arriba. Portugal parecía cerrar mejor el primer tiempo, pero Colombia en esos últimos minutos hizo un «tráiler» de lo que iba a ser el segundo. Primero con un doblaje entre Lerma y Jhon Arias a Cancelo, cuyo robo de pelota tomó partido a Portugal, pero un mal movimiento de Luis Díaz le restó tiempo a la jugada, que iba a terminar con una cesión del chocoano a Puerta que llegaba de atrás, aunque su disparo lo iba a embolsar un firme Diogo Costa. La última llegada fue una radiografía de la anterior: una Portugal cansada por la humedad y calor de Miami y un boquete enorme entre el ataque y la defensa. James probaría nuevamente desde afuera. Otra vez Diogo Costa. Hasta el pitazo de Faghani, era un partido de altísimo nivel, con dos equipos asumiendo el gasto y el riesgo. En el plano general, mejor Colombia.

El vendaval
Portugal bajó el ritmo para compensar la falta de piernas con la que había terminado la primera mitad. De entrada sumó otras dos llegadas: un cabezazo errático de João Félix y un fallo de Ronaldo en un mano a mano con Vargas que había tomado a Colombia deescoordinado en defensa tras un mal lanzamiento de James, aunque el astro partió adelantado. Colombia no cambiaba su libreto: seguía circulando el balón, a ratos para descansar y en otros para ir moviendo a Portugal. Sin él, contrarrestaba los insípidos intentos de su rival para abrir nuestra defensa, y los que prometían un mejor final fueron controlados por una línea defensiva que selló un sobresaliente performance, encabezado por un imperial nivel de Dávinson Sánchez y un sólido rendimiento de la pareja de laterales, con un Arias controlando a Nuno Mendes y un Machado -con algunas ayudas de Lucumí- haciendo lo propio con Pedro Neto.
Luego Lorenzo movió fichas. Lo hizo rápido como en el partido pasado; primero con Ríos por Lerma y con Luis Suárez por Córdoba, que perdió impacto arriba. Aquí comenzó el vendaval. Un minuto después de ese par de ingresos, una de las mejores sociedades del equipo se iba a activar: James filtró un balón a un Santiago Arias que previamente fue moviéndose de manera cautelosa hacia la altura de Nuno Mendes para luego acelerar y comerle la espalda. Luego mandó un centro atrás y por el piso a un Ríos que llegaba como un tren al área, abrió y puso el pie, pero el balón salió por centímetros por el palo del arquero. Era apenas un primer aviso, pero el cambio ya comenzaba a repercutir nuevamente en la dinámica del equipo con pelota.


Ríos había entrado mejor que en los dos juegos anteriores. En su segundo contacto encontró por dentro a James, que flotaba por el círculo central sin oposición, y con una Portugal defendiendo más lejos de su arquero vio el pique al espacio de Luis Suárez. Allá envió el balón, pero el delantero optó por pausar y acomodarse para el remate, que lógicamente fue bloqueado por Veiga. La entrada del volante del Benfica mejoró notablemente la circulación de la pelota y elevó aún más el rendimiento del ’10’ hasta su salida faltando 15′ para el final, aunque el cambio del delantero no le dio el colmillo que faltaba arriba. Primer gran juego de James en la Copa, con algunas imprecisiones y poco atrevimiento que fue corrigiendo sobre la marcha. Ahí entró Quintero. Cambio de manual y gran noticia. Lorenzo comenzó a dar con la tecla y otorgarle protagonismo a un futbolista que siempre le respondió, en cualquier contexto y contra cualquier rival.
Juanfer terminó de inclinar el campo: su ingreso fue una sentencia para Portugal a la que trató de hacer un poco de contrapeso con el ingreso de Rafael Leão. Antes del cambio, Puerta y James habían avisado nuevamente desde afuera con un rival atrincherado, pero el dominio ya era absoluto: Diogo Costa -y por momentos los centrales- sostuvieron nuestra embestida. Igual, no era todo color de rosa. Empero, a medida de que Colombia asomaba con mayor convicción al gol, menor nivel de amenaza presentaba Luis Díaz: la fatiga dijo presente una vez más y no estuvo. Va a ser un lío para Lorenzo ese asunto porque lo obligará a buscar soluciones en corto tiempo para administrar los esfuerzos de quien más nos acerca al gol. Pero estaba Juanfer: en esos 15-20 minutos puso cuatro balones que automáticamente generaron chances de gol y despellejaron la última línea. Cada balón fue un puñal aún mas profundo para una defensa que en cualquier momento no iba a aguantar más la resistencia.


Fue el último balón del genio el que antecedió al gol anulado de Dávinson. Un centro clínco con curva hacia afuera encontró al central en el segundo palo, y por fin el premio, pero el desahogo que duró un par de segundos. El juez ya había levantado la bandera y el árbitro sin necesidad de ir a la pantallita convalidó la decisión inicial, pese a que la primera imagen simuló lo contrario. El pitazo final no supo a vinagre, al contrario, fue una bocanada de aire y de tranquilidad en el cuerpo que representó el hecho de que Colombia volviera a desplegar el fútbol con el que tocamos techo hace dos años, el primer impulso que nos permite afirmar con todas las letras que el equipo aún tiene mucho por decir en este Mundial.
Sigue Ghana. Dos partidos en uno. El otro será ante Carlos Queiroz, de agreste pasado acá; profundamente manchado por el 6-1 en Quito que dejó varios cabos sueltos, entre sus «palos» a la junta directiva y una historia con varias páginas pendientes de lo que aconteció esa tarde en el vestuario, y que fue el génesis del cataclismo de la Eliminatoria a Catar 2022.


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