CRÓNICA
A solo unas cuantas horas del pitazo inicial, la noticia era que Johan Manzambi, el futbolista de mayor producción ofensiva de Suiza en el Mundial, no iba a poder jugar. Ese presupuestaba ser, quizás, el rasgo competitivo que iba a situar el partido en un codiciado desbalance a nuestro favor. Pero el fútbol también son dinámicas, y una buena o mala muestra de ella en un día puede condicionar dos ítems: el plan de juego y la versión más decisiva de tus mejores futbolistas. Colombia pecó de ello pronto, aunque en los cuatro partidos anteriores plasmaba rastros de un equipo que estuvo lejos de ejecutar un plan B cuando el ‘A’ terminara de fundirse.
Pongo de relieve lo escrito antes porque, viendo el juego repetido, da la sensación de que Lorenzo nunca tuvo una formula para contrarrestar el sistema de presión montado por los de Murat Yakın, y otra para saber anular sus momentos con pelota. Fue a partir de ese par de registros que Suiza acomodó su partido y situó a Colombia en un escenario que Lorenzo nunca preparó en la antesala del certamen. El golpe de vista en la figura ofensiva de Suiza sin Manzambi olvidó algo que no se podía ignorar, por obvio que se leyera: a Granit Xhaka. El ’10’ de Suiza fue el elemento diferenciador por el que Suiza terminó ejecutando con mayor suficiencia su plan de juego, aunque sin cristalizarlo por la liviandad en ataque previamente anticipada por la ausencia del media punta del Friburgo.
Un metrónomo para poner a su equipo en campo contrario: ese fue el Xhaka que se plantó en el césped de Vancouver, un «viejo zorro» al que poco se le podía llevar al engaño. Colombia pocas veces pudo anularlo: pudo más la astucia de un regista que casi siempre estuvo un tiempo antes de cada jugada. Coincidentemente, las jugadas en las que Colombia pudo producir algo de peligro en el arco rival nacieron de momentos en los que se minimizó al centrocampista del Sunderland: el disparo de Puerta que atajó Kobel y el increíble fallo de Campaz en la prórroga.

El tablero de Yakın y el orgullo de Xhaka
Colombia estaba incómodo y comenzó a depender de cada intervención exitosa que lograra Jhon Arias. El del Palmeiras lograba poner a la defensa de Suiza en situaciones que lo obligaran a replegar rápido y estrechar líneas. Empero, sin tener tantos apoyos para descargar y verse obligado a carretear varios metros con la pelota, esos tramos se lograron replicar muy pocas veces. La única vía posible para pisar más el área rival era dividir la pelota en campo contrario para ganar segundas pelotas, un escenario que no partía tanto de una búsqueda, sino una manera desesperada de zafarse de la presión en salida que montaba Suiza por la incapacidad nuestra salir jugando por bajo. Esto sucedía cuando cuando los de Yakın orientaban la salida hacia los laterales, sin presionar los primeros pases, y, una vez recibían, activaban el achique con dos o hasta tres futbolistas.
Antes del juego, Yakın había advertido que cada jugador nuestro había sido analizado de manera individual, al detalle: vaya a saber uno si habrá visto en la poca sensibilidad de la pareja de laterales (Mojica-Muñoz) a la hora de construir o encontrar líneas de pase, la gran oportunidad para inclinar el juego y ganar mayores momentos con pelota, plancharla, hilar pases e ir sumando aproximaciones que en gran medida fueron selladas por, nuevamente, una gran pareja de centrales Sánchez-Lucumí. La poca fluidez y temor para circular la pelota hacia adelante, considero yo, estuvo ahí. El seleccionador suizo ganó el pulso en el tablero y también en los micrófonos, porque incluso acertó en la previsibilidad del seleccionador rival y sus variantes. Un diagnóstico «sencillo y rápido», en palabras de Yakın, que terminó replicándose luego en el partido.



«Pan con pan, comida de tontos»
Los momentos con pelota fueron repartidos, pero era un mismo libreto para cada actor: «mucho toque toque y de aquello nada». Las circulaciones de balón de Suiza eran mecánicas, a un toque y siempre al jugador más cercano que lograba ocupar algún espacio vacío; las de Colombia eran más espesas, con poco cambio de velocidad y de ritmo. Ninguno lograba ser lo suficientemente profundo. En clave Colombia, aquello sucedió en gran medida porque Suiza también logró neutralizar las zonas en las que Colombia recargaba la pelota, sin poder fluir como en otros días, con poco movimiento por delante de la línea de la pelota y sin lograr trazar algún movimiento o desmarque por detrás o por delante que pudiera desajustar ese sólido dispositivo.
Así pues, Colombia fue acumulando un estado de estrés e impotencia cuando no lograba recuperar la pelota rápido, y siendo estéril con ella, algo que luego comenzaba a traducir cometiendo faltas y cortando el juego repetidamente, hasta percutir en los rendimientos individuales de jugadores claves, además de Arias: Puerta ya se le estaba agotando el trajín y fondo físico de los partidos anteriores. James, otra vez, estaba impreciso, y más lento que en los otros días. Díaz, obligado a compensar sin pelota cerrando en el medio, con cuatro o incluso cinco jugadores, y obligado a repetir carreras larguísimas para defender y atacar. Los dos referentes lucían fulminados: el ’10’ sin la clarividencia para lanzar, filtrar o crear alguna ventaja, y el ‘7’ con el tanque de combustible vacío y sin el componente de los cracks para salirse del guion e imponer otro tipo de ruta que modificara el plan.
Luego llegaron los cambios, a propósito de los aciertos de Yakın: Quintero por James, Ríos por Lerma y, el que a mi manera de ver resquebrajó el plan, el de Campaz por Arias. Las mismas variantes de hace un buen tiempo, y todas dirigidas a un mismo tipo de respuesta, al margen del rival y sus intenciones. Quizá la entrada de Quintero hubiese tenido mayor sentido si Arias permanecía en la cancha como pistón para compensarlo y no con alguien que volanteara por las mismas zonas o se quedara esperando en la raya, sin movérsele.


«Crimen y castigo»
Colombia solo pudo inquietar el arco de Kobel en la prórroga. Ese fue su momento de gracia en el partido: el cabezazo al larguero de Lucumí tras un tiro de esquina lanzado por Quintero; un fierrazo de Campaz afuera del área que despejó con el antebrazo el arquero del Dortmund y, minutos más tarde, el ya inmortalizado fallo del jugador de Rosario Central. Si ya en un partido tan cerrado disponer de tan pocas opciones de gol representa un crimen, errar las claras ya supone un castigo. A Colombia la terminó liquidando la falta de gol, ya vaticinada. No se esperaba que fuera tan pronto. Pero en una Copa del Mundo esto es así, aciertas o te vas.
Y luego, un castigo mayor: los penales. Llamó la atención el deja vú que se viralizó de aquella tanda ante Inglaterra en Rusia 2018. Fueron dos penales fallados de la misma forma: el primero de un disparo potente que dio en el larguero, y el segundo atajado por el arquero, cobrado por un delantero centro y lanzado al mismo lado. El penal decisivo de Ruben Vargas volvió a traer de vuelta esos fantasmas, y puso nuevamente como blanco de la conversación la barrera mental que Colombia todavía no supera. No hablo necesariamente de jugar mejor que el rival, si no de la «dinámica de lo impensado» que surge en algún momentos del juego: un detalle, genialidad y la reinante dosis de suerte que nos permita superar esos obstáculos. Al final, las selecciones que ganaron el Mundial siempre tuvieron ese partido mal jugado que al final ganaron, en los 90′, en el alargue o desde los once metros. Colombia parece lejos de tener «ese» partido, otra vez, y es un ciclo que va en espiral.

Hasta aquí nos trajo el río
La eliminación es dolorosa, pero al tiempo, ingenua. Primero, porque supone entrar una vez más en ese periodo de reflexión del «centavo para el peso» que nos falta para consagrarnos de forma definitiva. Segundo, y lo pongo en asterísco, porque significa el cierre de la puerta de una generación de futbolistas, la de los enganches zurdos, James y Juanfer, que reconfiguró el gen competitivo que se tradujo en tres Copas del Mundo de cuatro -incluida nuestra mejor presentación (cuartos de final en 2014)- una final disputada luego de 23 años (Copa América 2024), y, en clave Lorenzo, la recuperación y convicción de una cultura de juego autóctona, táctica y competitiva de un equipo devastado tras el fracaso que representó no ir a Catar 2022.
Decirlo ahora mismo quizá no alcance ni a ser un paño de agua tibia, pero si sirve para que por lo menos, en el debate que se fomente desde el periodismo, no se caiga en el error de extender vacíos narrativos relacionados al derrotismo, a acabar con todo, o a resetear la idea copiando modelos importados, porque al margen de las fisuras y cavidades en las que cayó nuestro fútbol en este ciclo, nuestro credo futbolístico volvió a emerger. Mantener ese dogma es la primera misión post-mundial, con o sin Néstor Lorenzo siendo el primer orientador.


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