Para la ventana de noviembre, Néstor Lorenzo mantiene el patrón de un seleccionador nacional cuyo equipo afronta un cambio generacional: sus dos primeras convocatorias post-Mundial han involucrado a un amplio casting de jugadores como parte de la fase de filtración para la construcción del nuevo equipo, que desde la selección de nombres y distinción de perfiles va contrastando rasgos de lo que puede ser la era los «poetas malditos» a posteriori
Por una cuestión de tiempo y otras diligencias, se me imposibilitó escribir, con mayor calma y en su debido momento, sobre las impresiones que dejaron los tres juegos amistosos que fueron el puntapié del nuevo capitulo del equipo nacional después de la esperada partida de James Rodríguez, antecedida por la de Juan Fernando Quintero (que mala suerte, otra vez), y la más reciente del golero David Ospina, cerrando así el libro de la generación de los «poetas malditos» que dejaron tres (3) mundiales de cuatro (4), un (1) subtítulo de Copa América, y una nueva costumbre competitiva que no se había adquirido con generaciones antes de Pékerman (a.P.).
Ese último aliciente -por no llamarlo logro- lo pongo en consideración como base argumentativa para evaluar las demandas de la generación venidera, sobre la cual no hace falta mencionar la extremada dificultad que va a representar su reconstrucción para constituir algo que, de entrada, genere las sensaciones y expectativas en el imaginario colectivo que suscitó la Selección que regresó al Mundial del 2014.
Puede ser un paño de agua fría, pero Colombia no pierde un partido eliminatorio en los 90′ reglamentarios desde hace más de 10 años (0-2 vs. Chile en semifinal de Copa América 2016). Por eso hablo de una nueva costumbre competitiva: el equipo desde entonces ha encarado esos encuentros definitivos con otro semblante futbolístico que no tenían equipos de otras generaciones a.P.; los ha jugado con equipos buenos, regulares y no tan buenos, y han dejado distintos resultados: se ha perdido y se ha ganado. El primer propósito es mantener esa base de exigencia a las que nos llevaron los futbolistas de la generación concluyente para luego pelear por lo que importa, que es el metal.

Las dos ‘X’
Una victoria (Perú), una derrota (Paraguay) y un empate (México) fue el saldo inicial del nuevo comienzo que está afrontando Néstor Lorenzo, quien fue renovado hasta el próximo Mundial. Para aquella ventana, el seleccionador optó por ensayar un sistema distinto en cada partido, otorgando más o menos minutos a varios de los debutantes dentro de la rotación. Ante México probó con un 4-3-3 priorizando el despliegue físico de volantes y punteros por el largo y ancho. Contra Paraguay pateó el tablero y dibujó una línea de 3 en el fondo, soltando a los laterales a una altura mayor. Y contra Perú, una especie de 4-2-1-3, con un enlace definido entre la segunda y tercera línea.
Concluida la fecha ya afloraron dos incógnitas: el rol preponderante que va a tener Jhon Arias en este nuevo equipo, y sí la estructura del ataque va a mutar completamente con base en la materia prima disponible y seleccionable. Sobre ese primer asunto me gustaría aclarar algunos asuntos: desde el inicio del ciclo Lorenzo, Jhon Arias ha sido, con amplio margen, el futbolista al que peor se ha analizado en la Selección, si bien su capacidad física para abarcar campo, presionar y robar, y su destreza técnica para conducir la pelota, asociarse y jugar en corto, le permita ser un futbolista camaleónico dentro del sistema.
A ese listado de virtudes y atributos se le suma el voto de confianza para portar el ’10’ en su espalda. Por ello es valioso poner el foco sobre el futbolista más regular del equipo si se emparejan rendimiento y nivel actual. Ante México y Paraguay, el chocoano jugó de puntero por ambos lados (derecha e izquierda), respectivamente, con amplia tendencia a cerrarse cuando la jugada pasaba por dentro. Contra Perú, Lorenzo hizo una excepción y optó por cerrarlo detrás de los delanteros (Yaser y Gómez de punteros, Suárez de 9), actuando como enganche.

Ese ‘mix’ posicional no permitió descubrir cosas nuevas a las que ya se sabían. Arias, siendo el futbolista que es, carece de esa mixtura creativa que posee un enganche desde el pase, la retención de la bola y el ritmo que va a dictar en el juego. Desde luego, no es una crítica a Jhon; ha llegado a jugar a un alto nivel como volante interior, puntero y, ahora, enganche. Pero en clave Selección no ha gozado de esa complicidad que quizá sí tiene en Palmeiras, cuando su fútbol es acompañado por elementos que entienden y hablan su idioma futbolístico. Es una incógnita que, con seguridad, no se va a resolver tan pronto como parece. No obstante, vale la pena plantearse la posibilidad de un Arias acompañado de otro enganche o creativo que conviva con él asiduamente en las alturas del campo que el más pisa y, a partir de ahí, constituir la estructura de armado que representaban James o Quintero per se.
A propósito del segundo interrogante, Lorenzo apostó por tres dibujos con punteros o extremos, probando jugadores que antes ya había utilizado ahí: el propio Arias, Yaser Asprilla y Carlos Gómez. Y detrás de ellos hay otros elementos, como Jámilton Campaz, en el que ha depositado una vasta confianza. El propio Luis Díaz, al que todavía no se ha involucrado en ese nuevo génesis. Y podría de alguna u otra manera tasarse en ese lote a Sebastián Villa, jugador al que Lorenzo quizo llevar a la última Copa del Mundo.
El ‘bufet’ de futbolistas disponibles nos invita a pensar que la posibilidad de que se revista el equipo a través de un sistema con extremos es real, un rasgo que, de instalarse en este nuevo capítulo, distinguiría al sistema con el que el equipo tocó techo en 2024, de dos delanteros, el enganche y los tres volantes: el famoso 4-4-2 en rombo.
Para el juego ante Chile en Cali, Lorenzo llamó a seis (6) delanteros, de los cuales tres (3) serán debutantes que actuán por banda: Óscar Perea, Daniel Mosquera y Camilo Mena. Desde luego, Lorenzo decide mantener el foco en sumar más apuestas para filtrar la base de reconstrucción del equipo, pero tampoco dejan de ser señales que arrojen el posible traje del nuevo equipo.


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