Después de la tempestad…

Lejos de una atmósfera alentadora y entusiasta, los últimos compases de James Rodríguez con la selección Colombia, que pueden sellarse tras la Copa del Mundo, están colmados de un ambiente beligerante entre los que todavía cuestionan su presencia en el equipo y aquellos que respaldan al máximo líder del vestuario. Por ello, vale la pena recoger algunas reflexiones del revisionismo del cual el volante creativo es constante víctima, y que alimentan las mismas narrativas reprimidas que aluden al derrotismo y al victimismo

En algún momento de arrebato emocional, Nino Bravo escribió nostálgico una estrofa que fue lamento: «Me voy, pero te juro que mañana volveré». Hay una sensación similar que va a comenzar a palpitar con fuerza una vez el balón ruede en unas semanas y signifique, además de su retorno a una Copa del Mundo después de ocho (8) años, los inminentes últimos acordes que esté tocando James Rodríguez con la camiseta nacional, esa sobre la que él juró, durante ese extenso viaje, vestir «hasta cojo».

No busco anticipar nada, pero hay señales que hacen inevitable estar conminado a hacerlo: su largo rato sentado en el circulo central del césped del Metropolitano tras sellar la clasificación ante Bolivia, descalzo y melancólico, con la mirada perdida al suelo, mientras quizá por su cabeza divagaba algún que otro recuerdo en el que el ’10’ estuvo decidido a entregar alma, cuerpo y vida, aunque el fútbol haya actuado con crueldad como suele hacerlo a menudo, y lo dejara con las manos vacías, sin el pan y sin el queso. Aquel momento sigue siendo el mayor vestigio de lo que tarde o temprano terminará sucediendo en este punto de no retorno: James se irá de la selección ¿Y qué habrá mañana?

La coyuntura debería invitar a un clima tranquilo, y hasta de algún modo conciliador entre el jugador y el hincha, pero lejos de eso todavía persiste una guerra fría: el oriundo de Cúcuta llegará a su último mundial bajo ese mismo manto tóxico y exageradamente revisionista que lo sometió al escarnio público en la antesala de cada partido, incluso de cada convocatoria, bajo los mismos tópicos de la «falta de ritmo», de «intensidad», de «no entrenar» ni «trabajar», con el que se se configuró las mismas narrativas de autoflagelación y retóricas pirómanas con la que se ha invitado a apartarlo forzadamente del equipo, y replicadas en programas radiales matutinos y artículos de prensa con titulares despectivos que rinden tributo al clickbait.

James Rodríguez en un amistoso ante Nueva Zelanda, en noviembre de 2025 – Crédito: @jamesrodriguez10/Instagram

¿Un deja vú?

En lo corrido de 2026, James jugó 61 minutos menos que los disputados con São Paulo antes de la Copa América de hace dos años, en la cual fue MVP: fueron escasos siete (7) partidos los que jugó con Minnesota United repartidos en 210 minutos. Para cualquier jugador que funge como actor secundario o «el nuevo de la clase», este dato sería suficiente castigo para no «premiarlo» con su inclusión a un torneo de la magnitud de una Copa del Mundo, pero para alguien que volvió a ganarse el rótulo de «líder» futbolístico y se transformó nuevamente en la principal fuerza espiritual del vestuario no termina de ser una causal suficiente para tal fin. Subrayo el verbo «ganar» porque James, valga la redundancia, se ganó estar con la selección en su último mundial.

Con altibajos en su último año, y en la última ronda de amistosos -especialmente contra Francia-, James continúa siendo el punto focal del equipo: es todavía una constante solución al problema endémico de la salida del balón -un registro que habla aún más mal de otros actores de juego que del propio jugador-, un elemento primario en gestación de la jugada, y el principal motor de búsqueda de Luis Díaz.

Tampoco busco entrar en el terreno de la romantización: jugar y cargar con minutos en la espalda siempre será importante, y forzarlo (o forzarse) a tener más tiempo de juego en la selección que los que tiene en clubes tampoco es sano para su gestión física, ni debería ser algo ineludible a sabiendas de que hay otro jugador en el vestuario que pueda replicar deliberadamente ese mismo fútbol, con mayor cadencia, inclusive. Esa es mi mayor crítica con Néstor Lorenzo: la desbalanceada gestión de los minutos entre un jugador y otro, la cual no implica necesariamente, como mencioné en otro artículo, sacar a uno para meter a otro.

James Rodríguez en un amistoso ante Australia, en noviembre de 2025 – Crédito: @jamesrodriguez10/Instagram

El último y nos vamos

James se sumó con antelación al campamento de la selección en Medellín tras rescindir de manera anticipada su contrato con Minnesota, que iba hasta junio, un tiempo de trabajo que tenía la clara misión de afilarlo para su último vals, pero su preparación va a terminarla de la misma manera que en la antesala de la Copa América: en sesiones de entrenamiento y gimnasio, y con un par de amistosos previos al debut oficial. Parece insuficiente ese termómetro, y a diferencia de hace dos años, el contexto tampoco le favorece: hay un manto de duda entre niveles individuales bajos, una dinámica colectiva en combustión y poca credulidad en las variantes; todo ello a la víspera del anuncio de la convocatoria oficial, que de entrada no pronostica sorpresas.

Toda esta acumulación de contratiempos podrían avizorar un final del camino no tan sosegado para James. La presión sobre el desempeño que tenga en su último mundial está en su punto de ebullición más alto, pero considero correcto y necesario que él desde su lado decida transmitir tranquilidad, aunque sea más propia que para el resto. James dice y repite cuantas veces sea necesario que va a llegar bien, en un buen tono físico. Quizá no dé el rendimiento angelado que entregó en la pasada Copa América, pero a esta altura del partido es un handicap pensar en un equipo sin él -no que gire en torno a él, léase bien-. Se le necesita tanto como a este Luis Díaz, que al igual que James ya es un jugador sistema y, tan importante como eso otro, que se siente líder: si el uno está bien, el otro también lo estará, y vicecersa. Esa es la fuerza que sostiene a la selección.

El ’10’ de Colombia volverá a jugar el torneo que le trae a colación sus mejores reminiscensias y puntos de quiebre en su carrera: Brasil 2014 fue su gran carta de presentación ante el mundo, su estampa definitiva en el mapa ¿Quién mejor y más capacitado que él dentro del grupo para estar a la cabeza de una función más? Tal vez si el fracaso que significó no ir a Catar 2022 no hubiese estado marcado por su ausencia, por decisión técnica, en ocho (8) de los 18 juegos de esa fase clasificatoria, hoy, cuatro años después, se podría estar hablando de una Copa del Mundo lejos de James, y viceversa. Pero esos hechos -no los discursos ni las narrativas- motivaron a que el actual seleccionador apostara por recuperarlo como la primera pieza del puzzle y así comenzar a ensamblar un equipo en el que se sintiera lo mejor rodeado posible y canalizara su fútbol: hoy de menos conducción y explosividad en sus cambios de dirección, pero sí de mayor retención y pausa, un fútbol más sabio y rítmico.

Estando ad portas del torneo más prestigioso de todos, la peor arma de autodestrucción para Colombia es continuar propragando un clima de hostilidad con el equipo, y particularmente con James: la crítica siempre será un deber ser en el periodismo, pero su misión conlleva un nivel de responsabilidad en el discurso que, a mi manera de ver, se aleje de cualquier sesgo derrotista o que conduzca al alarmismo, como ocurrió en marzo tras los dos amistosos en los que el ’10’ fue tratado como «carne de cañón». Tampoco hay que contagiarse el impulso de ser folclóricos, porque aferrarnos a discursos de fe y optimismo para resolver incógnitas en un momento de duda del equipo es igual de irresponsable. Pero a escasos días del primer juego ante Uzbekistán la figura de James y la Tricolor no deben estar usurpadas, como dijo alguna vez Lorenzo, por esos «apostadores del fracaso».

James Rodríguez entrenando con Colombia en el campamento que se adelanta en Medellín, previo a la Copa del Mundo – Crédito: @jamesrodriguez10/Instagram

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